Vencer la procastinación haciendo lo mínimo

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Siglos de cultura católica y moral burguesa han impuesto la mentalidad del sacrificio. “Debes esforzarte si quieres conseguirlo”, es sólo una verdad a medias. Es cierto que si deseas algo no puedes simplemente sentarte a esperar que suceda, pero en este artículo explicaré cómo moral del esfuerzo es a menudo una trampa donde quedamos atrapados y terminamos sintiéndonos inútiles y frustrados o estresados y agotados.

En nuestra cultura: deber y placer, trabajo y descanso, son indiscutiblemente opuestos. Por eso cuando queremos hacer algo productivo nos forzamos a trabajar, a hacer lo que debemos. El problema es que así nos empujamos a nosotros mismos a hacer las cosas: debería salir a correr por las mañanas, debería dejar de fumar, debería comer más sano, debería… Mientras escribo, siento una pequeña opresión en el pecho. Esa sensación es la antesala del estrés y del agotamiento. Con esta sensación puedo hacer dos cosas: o bien persistir en el empeño y arriesgarme a sentirme cada vez peor, o bien mandarlo todo al cuerno.

El tan manido concepto de “inteligencia emocional” es en realidad producto de esa mentalidad del sacrificio. En su libro, Daniel Goleman popularizó un experimento de Walter Mischel que establecía como predictor del éxito futuro de un grupo de niños su capacidad para demorar una recompensa. A un grupo de tres años les ofrecían un caramelo y se les decía que si eran capaces de aguantar diez minutos sin comérselo recibirían dos caramelos. En el seguimiento que se hizo a lo largo de la vida de estos niños, se vio que los que fueron capaces de “aguantar la tentación” de comerse el caramelo tuvieron mejores resultados académicos y mayor éxito en la vida. Sin embargo, la conclusión del experimento puede resultar engañosa. Realmente los niños que consiguieron superar con éxito la prueba no eran los que se sacrificaban retándose a si mismos a mirar en silencio el caramelo esperando pacientemente a que pasaran los diez minutos. Los niños que superaron con éxito el experimento fueron los que consiguieron distraerse, los que consiguieron mantener temporalmente fuera de su atención la idea del caramelo e interesarse por otra cosa.

Realmente hay muy pocas cosas que podamos hacer estando en lucha con nosotros mismos y sin embargo la mayoría de nosotros persistimos en esa lucha. Los terapeutas gestalt hablamos del enfrentamiento entre el perro de arriba (“deberías esto, deberías lo otro…”, “vamos inútil, muévete”, “mira, todo el mundo hace cosas menos tú”) y el perro de abajo (“Ay, no qué pereza ya lo haré mañana” “no puedo”, “no sé”) Como peor andemos de autoestima, más agresivo se pondrá nuestro perro de arriba y peor nos sentiremos. Si entramos en ese combate desde la exigencia estamos destinados a perder. Tal como decíamos al principio, o bien terminaremos cediendo al boicot “A la mierda todo, yo lo haré mañana” o bien terminaremos sintiéndonos tan mal que objetivamente no podremos hacer nada.

La solución, como en cualquier diálogo interno pasa por escuchar a las dos partes. Cada uno encontrará su forma de dejar de procastinar sin agotarse. Por lo que a mí respecta he intentado resumir en algunos consejos algunas de las cosas que funcionaron en mi etapa de opositora PIR:

Si estoy cansada:

  • No por obvio menos necesario: descansar.

  • No hacer nada demasiado complejo si estoy agotada. Hay muchas tareas aburridas y simples por hacer.

  • Programar periodos de descanso, por ejemplo: diez minutos cada hora.

  • Asumir que si estoy cansada no voy a rendir igual que siempre y dejar de sentirme culpable por eso.

Si mi mente no para de decirme “esto es inútil”:

  • Es probable que tenga razón, en casos como estos no tiene ningún sentido forzar la maquina. La parte de mí mente encargada de economizar esfuerzos me está diciendo que quizá merezca la pena revisar mis prioridades.

Si no paro de distraerme:

  • Toda la información que tengo a mí alrededor consume mi atención, por lo tanto a más fuentes de información menos atención disponible. Ideas: silenciar el móvil y sacarlo de la habitación, dejar el hábito de revisar el correo, Facebook y los blogs de rigor para mis pausas para procastinar.

Si a pesar de todo estoy estresada:

  • Revisar mis expectativas: probablemente estoy intentando hacer algo demasiado complejo en demasiado poco tiempo

  • Intentar establecer metas de proceso y no de resultado. “Estudiar de 9 a 14 hrs.” en vez de “terminar los tres capítulos que me faltan”.

  • Entender que algunas cosas realmente no son importantes: aprender a delegar, dejar cosas al azar, etc.

Al fin y al cabo, lo que nos hace rendir al máximo de nuestras posibilidades no es sacrificarse o esforzarse hasta la extenuación sino aprender a escucharnos y respetarnos a nosotros mismos.

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