Un espíritu a la deriva: apego inseguro desorganizado

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Éste artículo es la continuación del artículo en que definíamos qué eran las relaciones de apego.
Lidia se mostró muy desconfiada en su primera sesión de terapia. Explicó que no es la primera vez que acude a un psicólogo y que todos la han decepcionado. En una ocasión, se sintió atacada por el comentario que le hizo su psicólogo y reaccionó perdiendo los nervios y tirando al suelo los libros de su estantería. Durante la primera sesión afirma que tiene miedo de que ir a terapia sea sólo una forma de conseguir sacarle el dinero. Empieza a llorar en el momento en que su terapeuta la confronta con la idea de que volver a repetir la experiencia implica que al margen del temor de que se aprovechen de ella o la dañen debe sentirse en necesidad de ayuda. En ese momento su actitud cambia completamente: baja la vista y se muestra nerviosa y asustada, se mueve en la silla y no sostiene la mirada de la terapeuta mientras habla. A pesar de todo, se muestra colaboradora y empieza a explicar detalles de su vida. Lidia tuvo una infancia difícil, su padre murió cuando ella tenía dos años y su madre pasó por una depresión. Su madre tenía problemas con el alcohol y aunque habitualmente hacía esfuerzos por mostrarse cariñosa con ella en más de una ocasión la había golpeado estando bebida. Cuando tenía ocho años sufrió abuso sexual por parte de una de las parejas de su madre. Se fue de casa a los dieciocho años con una pareja que la maltrataba. Se quedó embarazada y cuando su hija cumplió cuatro años Lidia reunió el valor suficiente para irse de casa porque temía que su marido pudiera hacerle daño también a la niña. Desde entonces, afirma que estuvo unos años bien. Consiguió rehacer su vida: encontró un trabajo como comercial y empezó una nueva relación. Actualmente mantiene la relación con su madre pero nunca hablan de su infancia, cuando Lidia alguna vez lo ha intentado su madre le niega que nada de lo que ella recuerda haya sucedido. Hace aproximadamente dos años Lidia tuvo la sensación de que no podía continuar con su vida: dejó de trabajar, de salir de casa y de ocuparse de todas las tareas cotidianas. Siente que no puede controlar su estado de ánimo: lo mismo llora que tiene estallidos de ira. Tiene la impresión de que le cuesta prestar atención y seguir las conversaciones de manera que progresivamente ha ido sintiéndose más aislada y triste. Inicialmente Lidia fue diagnosticada de depresión pero ha sido refractaria a todas las medicaciones antidepresivas que le han dado. Cuando explica cómo ha sido su vida hay algo extremadamente tenso y robotizado en su discurso: la posición de la espalda es rígida, parpadea menos, habla con un tono monocorde y en general da la impresión de estar mirando a la terapeuta sin verla realmente.
Lidia es un ejemplo claro de una persona que muestra un tipo de apego inseguro desorganizado. Esta forma de relacionarse es la más habitual en personas que han sufrido alguna forma de abuso durante la infancia. Normalmente, se han criado con padres que estando ellos mismos traumatizados, no son capaces de responder adecuadamente a las necesidades del niño. No tranquilizan al niño cuando está nervioso ni lo estimulan adecuadamente en su crecimiento. Cómo en el caso de Lidia estos padres oscilan de una forma impredecible en su respuesta hacia el niño. Esto quiere decir con padres que en ocasiones se han mostrado afectuosos y en otras ocasiones negligentes o abusadores.
Las personas con este tipo de apego se convierten en adultos sin aprender a gestionar su respuesta emocional: igual que Lidia pueden reaccionar de forma impredecible mostrando temor o sumisión o por el contrario mostrándose agresivos en contextos inadecuados. Habitualmente son personas con un altísimo nivel de ansiedad en la relación con los demás. Cuando este nivel de ansiedad se hace insoportable pueden reaccionar desconectándose emocionalmente y robotizándose. Los psicólogos llamamos a este estado disociación (enlace) y funciona como una defensa cuando las personas no son capaces de sostener su propia activación emocional.
Un abordaje terapéutico posible para una persona con este tipo de apego pasa en primer término por dar herramientas a la persona poder estar en la relación terapéutica sin disociarse al sentirse desbordada:
• Enseñando técnicas de regulación emocional: relajación, mindfulness, etc.
• Devolviendo el control al paciente en la propia relación terapéutica: ayudándole a detectar los momentos en que se siente más tenso físicamente o se siente más amenazado (por ejemplo: cuando el terapeuta se aproxima físicamente) Y explorando conjuntamente para encontrar una distancia o un modo de relación en que se sienta cómodo.
• Ayudando a la persona a poner consciencia en sus reacciones emocionales: reconociendo y validando las necesidades emocionales subyacentes. Habitualmente estas necesidades apuntan a la necesidad de afecto y a la necesidad de establecer mecanismos para sentirse seguro en la relación con el otro.

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