Reconocer nuestro personaje

Reconocer nuestro personaje

Habitualmente aquello que mostramos a los demás en nuestro día a día no tiene porqué corresponderse con lo que verdaderamente somos en nuestro interior. Estamos acostumbrados a seleccionar un determinado tipo de conductas o actitudes por considerarlas adecuadas a un determinado contexto.

Jung llamó persona al arquetipo que representaba las diferentes máscaras sociales que tomamos en cada grupo o situación. De hecho persona es una palabra que proviene del latín y que antiguamente se refería a las máscaras que los actores usaban en el escenario. Precisamente de eso se trata, de aprender a reconocer nuestras máscaras, nuestros personajes.

Desde la infancia aprendemos a ponernos máscaras, a comportarnos de una u otra forma dependiendo del contexto. No es casual que esto sea así, lo hacemos porque resulta adaptativo, necesitamos las máscaras para sobrevivir. Al fin y al cabo, todos aprendemos a comportarnos como personas educadas y como profesionales competentes porque eso es lo que se espera de nosotros. El problema aparece en el momento en que somos incapaces de distinguir esas máscaras de lo que verdaderamente somos.

Algunas personas quedan fijadas a un determinado personaje del que no pueden escapar, no pueden desprenderse de su máscara. Generalmente esto es el resultado de un aprendizaje patológico. Al fin y al cabo la primera máscara que nos ponemos, la más profunda, es la que proviene de la adaptación a cómo eran nuestros padres. Por ejemplo: un niño que sintió el amor de sus padres como condicionado necesitará una máscara de perfección, un niño que fue maltratado de una u otra forma aprenderá a vestir una máscara de dureza y de desconfianza ante el cariño, etc. Estos aprendizajes antiguos que al principio nos permitieron sobrevivir a nuestra infancia nos van llenando de sufrimiento. Siguiendo los ejemplos, en la medida en que nos anclamos en una máscara de perfección o de dureza, nuestra visión del mundo y de nuestra identidad se restringe, hay demasiadas cosas que no podemos permitirnos ser. Sin embargo, todo lo que no podemos dejarnos ser ante el mundo o ante nosotros mismos se va cargando de fuerza en nuestro interior: de esta forma en la lucha por continuar siendo perfectos internamente nos vamos llenando de un sentimiento de indignidad y vergüenza, en la lucha por ser fuertes e invulnerables internamente nos sentimos llenos de temor y fragilidad. Paradójicamente perdemos nuestra libertad y terminamos siendo prisioneros de esas imágenes internas que rechazamos (nos comportamos inconscientemente de acuerdo con nuestro sentimiento interior de vergüenza o de temor) Cómo en las antiguas tragedias griegas, aquello de lo que huimos termina por convertirse en nuestro destino.

Otras personas en cambio, son esclavas de la adaptación. En el deseo de agradar siempre, se pierden en el continuo juego de las máscaras. No saben quienes son, ni que es lo que desean realmente, han perdido el contacto consigo mismas y se contentan con satisfacer a los demás. Estas personas buscan en el otro un reflejo, algo que las confirme en una identidad que por ellas mismas desconocen. Todos deseamos vernos reflejados en el otro, sin embargo, cuando no existe un sentido de identidad, un “quién soy yo” internalizado entonces nos convertimos en veletas, dependientes y esclavos de dónde nos lleve el viento de los demás.

Finalmente, otras personas atraviesan momentos de renuncia a la máscara. Habitualmente (excepto en el caso de personalidades genuinamente narcisistas) esto que en terapia gestalt se identifica como egotismo, puede suceder hacia el final de un proceso de terapia y se trata de una forma de reaccionar ante la conciencia de una máscara excesivamente asfixiante. A lo largo de la terapia aprendemos a renunciar a lo externo (los deseos y expectativas de los demás) para centrarnos en lo interno (nuestros propios deseos). Sin embargo si quedamos anclados en esa actitud (en el fundo no es más que una defensa para mantenernos íntegros ante las exigencias del entorno), corremos el riesgo de confundir eso con una forma de liberación y vivir entonces ciegos y desconectados de los demás.

Trabajar nuestros personajes es hacerse progresivamente consciente de ellos y de su función, de lo que hay de genuino en nosotros y hemos aprendido a cubrir a través de la máscara. El teatro, en este caso se vuelve un gran aliado de la psicoterapia, porque al fin y al cabo la única forma de hacer consciente un personaje es interpretarlo y como los actores aprender a ser auténtico tomando cada papel cuando es necesario.

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3 Comentarios en “Reconocer nuestro personaje
  1. No soy de Barcelona soy de Mexico puedo recibir información gracias

    • psicoterapiacotidiana dice:

      Hola Araceli:

      Todos los talleres los hacemos en Barcelona, pero si nos sigues en nuestra página de facebook podrás ir viendo lo que publicamos

  2. jonix ramires trinidad dice:

    Muy interesante

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