Maternidad y voces ajenas: El papel del padre y de las personas de nuestro entorno

20140901RelacionesPareja

Después del parto se inicia una fase de extrema vulnerabilidad emocional para la mujer. Cuando hablo de vulnerabilidad emocional intento evitar etiquetar el puerperio como un momento anómalo o patológico, no lo es en absoluto. Para mi la vulnerabilidad es el resultado de la adaptación a un cambio evolutivo importante y implica la apertura a una experiencia emocional abrumadora. Para las madres este momento de vulnerabilidad conlleva por un lado, sentirnos expuestas a ser dañadas, a que lo que los demás hagan o digan nos afecte en demasía y por otro una clara necesidad de ser cuidada y sostenida.

Durante la etapa de nuestra infancia y adolescencia nuestros padres son responsables de nuestra vida. A partir de la juventud empezamos a ser responsables de nosotros mismos, y en el momento en que tenemos un hijo nos volvemos responsables de la vida de otra persona. Este cambio implica una zozobra importante en la vida de los padres. El peso de esta responsabilidad recae particularmente sobre nosotras. En primer término, por un imperativo biológico si deseamos dar el pecho nuestro hijo nos necesita a nosotras y sólo a nosotras para alimentarse. En segundo término, existe una fuerte presión social respecto a nuestro papel. La imagen social de la madre nos muestra que deberíamos saber que hacer en cada momento, y que deberíamos sentirnos madres desde el momento mismo del parto.

En muchas ocasiones, esta presión social supone una gran carga para muchas mujeres que lejos de sentirnos seguras de lo que debemos hacer nos sentimos solas y confundidas: expuestas al juicio y a la opinión de las personas de nuestro entorno. Todo el mundo parece saber mejor que nosotras lo que debemos hacer. Cada decisión que tomamos está sometida al escrutinio de otras personas, que intentan aconsejarnos de buena fe en un momento en que nos sentimos vulnerables y fácilmente susceptibles de sentirnos confusas o culpables. En un entorno como éste, existe el riesgo de que entre tantas voces ajenas dejemos de escuchar nuestra propia voz. Sin embargo, nadie puede decirnos qué debemos hacer. Debemos tomar nosotras decisiones como por ejemplo: dar o no el pecho, o coger o no al bebé cuando llora. Debemos tener presente que se trata de elecciones y que ninguna de las decisiones que nos planteemos perjudicará realmente al bebé. Debemos decidir y confiar en que estamos haciendo lo más adecuado porque a es a través de estas decisiones cómo vamos construyendo nuestra identidad como madres.

Simultáneamente a esta mitificación de la figura de la madre existe una negación del papel del padre en la experiencia de la paternidad. Tradicionalmente el rol del padre era garantizar la supervivencia económica de la familia y desentenderse de los asuntos de la crianza. Sin embargo, este papel tradicional se está diluyendo. A los padres les cuesta encontrar su lugar. En muchas ocasiones somos las propias madres las que dificultamos este proceso a nuestros compañeros. A menudo las madres nos encontramos atrapadas entre la ambivalencia de sentirnos sobrepasadas por el cuidado de nuestros hijos mientras que simultáneamente intentamos hacer todo lo sentimos que debemos hacer para ser buenas madres, o sea ocuparnos de todo lo que concierne a nuestros hijos sin dejar un espacio que el padre pueda ocupar. Esta negación del papel del padre es perjudicial tanto para él, que puede sentirse excluido en la relación con sus hijos como para la madre que en muchas ocasiones puede sentirse sola y abandonada por su pareja en el trabajo de la crianza.

Hasta ahora la maternidad y la paternidad se basaban en roles pre definidos, sin embargo el lugar que ocupamos como hombres y como mujeres ha cambiado y ahora son historias que necesitan volver a ser narradas. Si no tomamos consciencia de esto y sin darnos cuenta nos limitamos a actuar nuestro rol tradicional estaremos viviendo una experiencia que no nos satisface, una experiencia que no nos pertenece a nosotras sino a nuestras madres y a nuestras abuelas.

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