La voluntad de amar

20150903Amor

Una de las creencias más difundidas sobre el amor y que entorpece al amor mismo, es pensar que no hay nada que aprender sobre el amor, que amar es sencillo y lo difícil es encontrar el objeto apropiado. Además para la mayoría de la gente el problema consiste en cómo lograr ser amado más que amar. Erich Fromm

En el año 1997 un psicólogo norteamericano Arthur Aron trabajaba en un experimento pensado para construir intimidad en la relación con las personas. El experimento consistía en agrupar a los sujetos por parejas y pedirles que se hicieran una serie de 36 preguntas (podéis encontrarlas aquí. Después de las preguntas los sujetos debían mirarse a los ojos durante 4 minutos. Supuestamente la prueba funcionó y los sujetos afirmaban sentirse más unidos después del experimento. Una de las parejas que participó en él incluso llegó a casarse seis meses más tarde. Este experimento, que se popularizó en las redes sociales como las 36 preguntas para enamorarse, no es más que una anécdota para empezar a plantear preguntas acerca del amor.

¿Puede uno enamorarse voluntariamente de otra persona? Casi cualquier persona respondería que no. El enamoramiento es un sentimiento y cómo tal no puede forzarse: surge o no surge. De lo que no nos damos cuenta es de muchas veces de quién y cómo nos enamoramos tiene mucho más que ver con nosotros que con la otra persona. El enamoramiento es una proyección y cómo tal es una forma de ceguera. Algo que no podemos controlar y nos empuja irremediablemente hacia la otra persona con una demanda: sálvame, compénsame por todo lo que me faltó antes (en este artículo lo explicamos con más detalle). Inconscientemente enamorándonos buscamos rellenar un vacío, por todo lo que no encontramos en otras relaciones, en nuestra infancia, en nuestra familia de origen, etc. Idealizamos al otro y durante un tiempo nos creamos la ilusión de que podemos escapar de esos vacíos, nos creamos la ilusión de que juntos somos únicos, inseparables, diferentes de todos los demás. Esto no es ni bueno ni malo, es simplemente la fuerza que nos empuja a arriesgarnos a la intimidad con otra persona.

Sin embargo, esa ilusión no tarda en romperse, algunos no tardarán en sentirse defraudados si aún es que aún cargan a la otra persona con la responsabilidad de tener que hacerlos felices. Así, si no pueden elaborar esa decepción, terminarán por detestar lo que tanto amaban en el otro, queriendo que el otro desaparezca para no tener que sufrir la desilusión, para mantener el engaño de que otro vendrá para completarlos, para ser su media naranja. Otros, terminarán sintiéndose agobiados, como dos yemas que han ido creciendo juntas dentro del mismo huevo y ya no soportan más el cascarón que las separa del mundo. Buscarán fuera un triángulo con un otro (En la medida en que ésta es destructiva para la relación no hablo necesariamente de infidelidad: puede ser el trabajo, pueden ser las amistades, etc.) que les permita ser y reafirmarse como seres individuales. Escapar del temor de desaparecer fundiéndose con el otro. Esto, lejos de ser una traición a la idea del amor, es lo único que permite que una relación evolucione. El viaje continúo entre nosotros y el mundo que nos permite separarnos y crecer para volver a encontrarnos después como individuos diferenciados.

El experimento que comentaba al principio no trata acerca de qué preguntas nos sirven para enamorarnos. Trata acerca de cómo puede construirse la intimidad entre dos personas. La intimidad es un componente esencial del amor, y el amor a diferencia del enamoramiento, es una actitud, un acto de la voluntad. La voluntad de volver cada día con la otra persona, de re-conocerlo como una persona distinta de nosotros, imperfecta y tan llena de carencias como nosotros lo estamos. Aceptar y amar al otro como un ser incompleto es también aprender a aceptarnos y a amarnos a nosotros mismos así. Tal como decía, Antoine de Saint-Exupèry: “El amor es tal vez aquel delicado proceso a través del cuál te acompaño al encuentro contigo mismo”

 

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