La vida, antes de la muerte

20160308VidaAntesdelaMuerte

“Con amor, miro de recoger todos los momentos de su vida que he presenciado. Intuyo que hago una obra sagrada: siento que estoy tejiendo juntos dos hilos de oro, el de su vida tal como la he encontrado y el de mi vida, estos últimos meses trastocada por la suya. Porque nunca frecuentas impunemente a alguien que acaricia la muerte y que como lo sabe vive todo lo que le pasa como si fuera un regalo. Con su contacto, he aprendido a estar agradecida por cada instante”  La muerte íntima. Marie de Hennezel

Éste, más que ninguna otra entrada del blog, no es sólo un artículo de divulgación, es una reflexión por escrito.  Es una muestra de mis tribulaciones acerca de la muerte durante los cuatro meses que he pasado trabajando en el Instituto Catalán de Oncología y un acto de gratitud sobretodo hacia las personas a las que he tenido el privilegio de acompañar y que han sido mis mejores maestros.

Recuerdo que al poco tiempo de empezar a trabajar con pacientes oncológicos encontré un gorrión muerto en mi camino del coche hasta el trabajo. Llevaba apenas unas semanas acompañando a personas con cáncer en su proceso de enfermedad y  noté que se me caían las lágrimas, algo en aquella imagen me emocionó. Si tuviera que ponerlo en palabras diría que fue la idea de que algo tan hermoso como aquel pájaro hubiese dejado de existir y que sin embargo aún en su muerte conservaba aún el hálito de belleza y de vida.Como en las sincronicidades  de las que habla Jung, aquella imagen me mostró el conflicto que se abría dentro de mí. Quedé atrapada en la tragedia del pájaro muerto, en la de mi propia muerte, en la de las personas que amo, en la de mis pacientes a los que en cierta manera también estaba empezando a querer. En cierta manera, sigo atrapada en esa tragedia, forma parte del hecho de ser humana y no creo que nadie pueda escapar del miedo a morir, tan sólo unos pocos de los que afrontan la muerte como algo inminente en sus vida. No poder escapar de ese temor no implica que no podamos  mirarla de frente, nombrarla, reconocer que existe. Lo más terrorífico que uno puede encontrar en una planta de oncología, no es el decaimiento del cuerpo humano, ni siquiera el sufrimiento que siempre se puede paliar. Sin duda lo más terrible es el silencio, las conspiraciones de silencio que tejen con los hilos del miedo los mismos enfermos y sus familiares. Es el silencio el que permite que las personas mueran amordazadas y en soledad.

Nunca olvidaré el día que en supervisión comenté cómo mi propio temor a la muerte me impedía trabajar en plenitud. Mi supervisora me hablo de la muerte de su padre y me contó llorando que en sus últimos días su padre le había dicho que a pesar de todo el sufrimiento le aliviaba la idea de volver a vivir su vida exactamente tal y como la había vivido. Aquello supuso un consuelo tanto para ella como para mí. Aquella tarde aprendí a temerle un poco menos a la tragedia de mis pacientes y a la mía, a dejarme llevar por las emociones que a menudo sentía que me desbordaban. Al día siguiente lloré por primera vez ante una hija que se estaba despidiendo de su madre. Lloré de gratitud y sobretodo de emoción por un dolor humano compartido. Lloré sin desmoronarme, simplemente aquella fue la única forma que encontré de estar presente, de acompañarlas de verdad. También aprendí que la muerte no es sino una oportunidad de celebrar la propia vida. Tal y como tantas veces le he leído a Irvin Yalom “si bien el hecho físico de la muerte nos destruye, la idea de la muerte nos salva” Tan acostumbrados estamos a dar sentido a nuestra vida a través de nuestros proyectos de futuro que cuando experimentamos la pérdida de ese futuro sentimos que la vida pierde sentido. La angustia ante la pérdida del futuro es inevitable, sin embargo mi experiencia de estos meses en el grupo de enfermedad avanzada ha hecho que me asombre ante la capacidad de algunas personas para vivir en ese presente continuo presumiblemente corto pero indefinido. Esta es la vida de las personas con cáncer avanzado que aprenden a continuar viviendo. A vivir sobretodo el presente y tal como decía una paciente del grupo, a limpiarse de lo superfluo. Ante la adversidad, algunas personas son capaces de seguir adelante, de embarcarse en la búsqueda creativa de un sentido vital, un motivo por el que levantarse cada mañana: ya sea la familia, el trabajo o el simple hecho de salir a pasear una tarde de otoño.

La paradoja, lo verdaderamente trágico es que esa fuerza de vida, esa creatividad existencial, está íntimamente asociada con la consciencia de nuestra mortalidad. En la medida en que nos alejamos de esa consciencia nos estamos alejando también de nosotros mismos.

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