La historia del caballo que quería ser elefante (y acabó con baja autoestima)

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Varias veces he pensado que debería fundar un club: “Por una vida sin autoestima”. Tal cual. Esto en ningún momento significa que no me quiera a mí misma, más bien lo contrario, me aprecio al punto que veo y acepto con cariño mis limitaciones.

Circulan una serie de falsos mitos sobre el sentido del término autoestima, que la distorsionan, la convierten en excusa “todo terreno” y, lo mejor de todo, contribuyen a que precisamente nos quedemos faltos de ella. ¿Y que hacer entonces? La mala noticia es que no se trata de combustible, que se pueda repostar en la primera gasolinera de la autopista de la vida. Tampoco hay frascos de autoestima disponibles en el supermercado, ni fórmulas mágicas, ni truquillos baratos. Habrá que asumirlo, pues.

Este lobo que va merodeando disfrazado de cordero se llama exigencia, y se alimenta de los modelos de excelencia que nos proporciona nuestra sociedad, en la que hay una polaridad ganadores/vencedores claramente definida. ¿Quién se conforma con el aurea mediocritas cuando al alcance de nuestras manos está la tierra prometida del desplegar todas nuestras potencialidades para convertirnos en seres maravillosos y sin manchas? ¿Por qué quedarnos patitos feos cualquiera cuando la todopoderosa autoestima nos permite colocarnos en el bando del éxito 100% y en todo momento?

Ningún ser humano en su sano juicio piensa que un caballo, por mucho que lo quiera, pueda trasformarse en un elefante. Por lo tanto, me pregunto porqué no somos así de sensatos cuando se trata de personas. Autoestima es tener claro que, si por ejemplo tengo que hablar delante de 100 personas, me va a temblar la voz igual que cuando me escondía detrás de la excusa de mi baja autoestima, para no hacerlo o bien para no querer sentir ese nudo en el estómago que a cualquiera le cogería delante de 100 pares de ojos mirándole.

¿Entonces dónde está la diferencia? ¿Dónde está el amor a mí misma? Está precisamente en el no creer que mi timidez se irá por arte de magia, que me convertiré en un ser divino al que nada le toca ni le preocupa o da miedo o bien vergüenza. Está en no necesitarlo siquiera, en no obligarme a que sea así, porque todo eso es parte de mi manera de ser. Simplemente, me quiero cuando con mis inseguridades, piernas temblantes, nudo en la garganta, o lo que sea que me ocurra, puedo estar delante de otro, enseñarle lo que hay, dar un paso adelante y saber que el mundo no se va a hundir bajo mis pies. Todo ello a pesar, y en compañía, de mis límites.

La buena noticia (porque debe de haber una, ¿no?) es que a lo mejor dejando de luchar tanto para alcanzar un modelo que no me pertenece, y ni siquiera me conviene, puede que lo que me preocupaba tanto se disuelva. O quizás no, pero lo que habré aprendido será a valorarme de verdad, tal y como estoy hecha y con lo que emocionalmente llevo en cada momento. Puede que hasta me sorprenda lo bien que me queda esta versión de mí.

No amamos a seres perfectos, sino a personas reales con todo lo que esta definición conlleva. En cambio, nos empeñamos a exigirnos superar limites a cabezazos, y encima ni nos puede doler, porque esto sería debilidad. Nos cargamos con una mochila ajena, repleta de modelos de hombres o mujeres que no somos, y bajo este peso cualquiera tendría las fuerzas necesarias como para mirar quién es. No abogo por la latencia -que cada uno se quede en el punto en el que está, durante toda su vida-, más bien se trata de honestidad, hacia uno mismo primero: dejo de pretender actualizarme como alguien que no soy y decido crecer en coherencia conmigo misma. Dicho de otra manera, la diferencia entre quererme y exigirme está en un sutil gesto de respeto:  Soy un ser hecho de miedos y limites (de manchas tengo más que un perro dálmata), y a la vez tengo momentos de valor e intuiciones brillantes. Y está bien así.

Por todo ello, he pensado que a lo mejor, de tanto manosear la palabra autoestima, se nos ha quedado vacía y corta, baja, en suma. Y personalmente, con estos supuestos, voy a prescindir de ella.

 

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