Embarazo y parto

20140717EmbarazoParto

Maternidad desmitificada

Los nueve meses de embarazo son el territorio de la fantasía, a medio camino entre la idealización y el miedo. Imaginamos como será de la maternidad y el hijo que esperamos. Esa fantasía empieza a gestarse mucho antes del embarazo, desde el momento en que pensamos en tener un hijo. Como más difícil haya sido conseguir un embarazo viable más idealizada será esa fantasía porque en estos casos es más probable que contemplemos la maternidad como la culminación de una larga lucha.

A parte de la alegría y el deseo de tener a nuestro hijo con nosotras, muy a menudo sentimos también mucho miedo. Tememos no quedarnos embarazadas, que el feto no esté bien, que haya problemas en el parto, etc. Identificamos el miedo con una emoción negativa. Sin embargo, ese temor que se hace presente desde el momento mismo en que deseamos quedarnos embarazadas tiene mucho que ver con el amor. Tememos perder lo que deseamos y lo que amamos y aunque habitualmente aprendemos a convivir con él, ese temor nos acompañará siempre a lo largo de nuestra vida como madres.

El parto también es una experiencia a medias temida y a medias idealizada para la mayoría de las mujeres. Idealizamos el parto como casi todo lo que tiene que ver con la maternidad y a la vez lo tememos de una forma casi animal. Tememos la experiencia del dolor y la sensación de riesgo para nosotras y para el feto. Nuestro temor permanece aunque en los países desarrollados existen métodos de analgesia efectivos y el riesgo para nosotras y para el feto es muy improbable. Reaccionamos con temor ante la perspectiva de una experiencia dolorosa que escapa a nuestro control.

El dolor en el parto es una realidad para muchas mujeres, y desde un punto de vista psicológico no podemos incidir directamente sobre el dolor. Sin embargo, creo que es importante tomar conciencia de que existe una mitología del dolor en el parto (“parirás con dolor”) alimentada culturalmente, que no contribuye sino a aumentar la angustia de las futuras madres. El dolor siempre es una experiencia subjetiva, cada persona lo vive de una forma diferente. La experiencia del parto de dos personas diferentes no tiene porqué parecerse en absoluto.

Dónde sí podemos incidir es en el control que tenemos sobre la experiencia del parto. Los psicólogos llamamos locus de control a la percepción que tenemos de un evento como controlable (locus de control interno) o incontrolable y dependiente de factores externos (locus de control externo). El locus de control interno es un factor moderador de la angustia en cualquier circunstancia vital y muy especialmente en el parto. ¿Cómo podemos aumentar nuestra percepción de control en el momento del parto? En primer lugar formándonos e informándonos: leyendo y yendo a cursos de preparación del parto, yoga, etc. En segundo lugar, el diseño del plan de parto nos ayuda a tener una mayor sensación de control sobre lo que va a ocurrir.

Sin embargo, cuando decimos que el control ayuda a moderar la angustia no debemos olvidar que el sobrecontrol puede tener también un reverso negativo. En la medida en que empezamos a imaginar cómo será nuestro parto, la fantasía que tenemos de él puede tender tanto a imaginarnos algo terrible como algo maravilloso. La idealización del parto viene condicionada tanto por la imagen cultural de la maternidad de la que hablábamos en el primer post, como por nuestro propio deseo e ilusión. El riesgo, al imaginarnos nuestro parto es quedarnos atrapadas en esa imagen de cómo debería ser y cómo deberíamos sentirnos. La realidad es que en la vivencia del parto caben todo tipo de sentimientos: la euforia, el amor, la inseguridad, el miedo, la incapacidad de sentir nada a causa del dolor o el agotamiento, la decepción y la pena. Es normal que una madre se sienta de cualquiera de estas formas en el momento de dar a luz, sin embargo lo que realmente nos provoca dolor emocional es la idea rígida de “no debería sentirme así”. Corremos el riesgo que el juicio sobre nuestras propias emociones nos atenace y nos impida evolucionar y abrirnos al amor y la alegría. Estas emociones, aunque a veces pueden estar escondidas o no ser preeminentes en un momento dado, siempre están presentes en la experiencia de la maternidad.

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