El teatro como terapia

20141223Teatre

Un hombre cruza el escenario

mientras otro lo mira

y esto es teatro.

Peter Brook

 Antes de que surgiera la psicoterapia, tal y como la conocemos hoy, el mundo interior del hombre se intentaba explicar con la filosofía, se reflejaba en la religión y se plasmaba en las artes. Entre ellas, el teatro era un medio que permitía asomarse a las contradicciones del ser humano, a sus miedos, alegrías, dramas, en fin, a su esencia. Así como la terapia brinda ayuda ante los percances de la vida, las artes escénicas traen origen del conflicto, que es inherente a la naturaleza del hombre. Vibra el espectador de una obra, porque lo que ve toca la fibra de su misma existencia, las distintas facetas que alberga en su interior y que puede reconocer en lo que está ocurriendo en el escenario. De esta manera se le ofrece la posibilidad de un aprendizaje vicario: identificándose con las vicisitudes ajenas, afloran sus propios contrastes y esto le permite comprenderse mejor. Al verse representado, se ve a sí mismo. Desde luego, la escenificación no es la realidad, aunque las resonancias que genera son verdaderas. La experiencia es real y no cabe duda de que nos abre una puerta al sentir y al comprender. A partir de aquí, tenemos elección, nosotros decidimos si atrevernos a dejarnos cambiar, cogiendo la oportunidad transformadora que nos ofrece la representación.

Este efecto movilizador también puede ser experimentado de manera directa, utilizando la actuación como herramienta terapéutica, como medio para conocernos y ahondar en nuestro mundo interior. El término inglés para “actuar” es “to play”, que significa a la vez “jugar”. Todos hemos sido expertos en este juego cuando éramos pequeños. Hacía falta muy poco para sentir la responsabilidad de un médico, vivir la excitación de las aventuras de un pirata, para luego adentrarnos en la realidad de un ama de casa, y así en un recorrido infinito, o casi, de emociones. Creciendo nos hemos impuesto unos límites y ahora nos preocupa dar un paso, para salir de la zona de confort que hemos creado. Subirnos al escenario permite a la persona recuperar la espontaneidad a la que renunció en nombre de esa seguridad, que no es sino apalancamiento emocional. Si somos capaces, aunque sea por un momento, de olvidarnos de perseguir un resultado y nos entregamos al juego, rescataremos esa energía vital que teníamos de niños. El atrevimiento merece la pena y el premio son unos cuantos descubrimientos. Estando en la escena, ensayamos para la vida, y jugando a ser otro, nos encontramos de repente cara a cara con nosotros mismos. Experimentamos con la sinceridad que nos permite el personaje y desde ahí nos relacionamos. Es fácil, entonces, que desde esa perspectiva nos sorprendamos divirtiéndonos con lo que nos daba temor, rechazando esquemas que habíamos construido o reconsiderando las creencias que nos guiaban. En el espacio teatral, donde toda emoción tiene cabida, podemos dejarnos cuestionar, ya que lo que acontece, no es enjuiciado, sino vivido con abandono. Esta misma forma de tratar lo humano, haciéndose cada uno responsable de lo que siente, sin juicios, es la que ofrece la terapia, y es una actitud que cura.

Sin embargo, los personajes no solo aparecen en el teatro, sino que también nosotros actuamos en la vida real. Lo más común es que nos identifiquemos sólo con aquellos aspectos que nos resultan agradables de nosotros mismos, rechazando, o simplemente no reconociendo, lo que no sea conforme con el papel que nos hemos asignado. Crecemos en el escenario, ya que tenemos la posibilidad de dar voz a lo negado, inexpresado, olvidado, ocultado. Escuchar lo que puede decir y aportarnos permite integrarlo, permitiéndonos ser más flexibles y ajustarnos mejor a la realidad. Ésta es entonces la ocasión para salir de los roles fijos, aprovechar la ficción para ampliar los recursos, dar un lugar a las distintas caras que aparecen y reconocer como propios aquellos rasgos, conductas, emociones que se atribuían al personaje. Dicho de otra manera, gracias al juego del “como si” aprendemos a reapropiarnos de lo que, aun originándose en nosotros mismos, achacamos al ambiente. A nivel corporal, meterse “en la piel del otro”, enseña nuevas maneras de relacionarse, lenguajes del cuerpo distintos de los automatismos de siempre, movimientos y posturas que enriquecen el repertorio habitual, y de nuevo se ensancha nuestra perspectiva.

Para concluir, a través del teatro la persona adquiere conciencia, autoconocimiento y la que Fritz Perls, creador de la terapia Gestalt, llama naturalidad inteligente, una mezcla de deliberación y espontaneidad, que no es impulsividad, sino entrega plena que surge de la decisión responsable; aprendo a actuar de manera conforme con lo que siento y quiero, comprometiéndome con la experiencia que estoy viviendo y asumiendo sus consecuencias. 

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