Con actitud payasa

Clown, con actitud payasa

Para su máscara, la pequeña nariz roja, el clown escoge medidas reducidas, por lo demás en cambio prefiere lo desmedido: llora, se ríe, se enfada, se enamora, todo con la furia de la emoción limpia. Con este arsenal desplegado, nos invita a lanzarnos a la vida, a vivir lo que sentimos con naturalidad y desparpajo, y es difícil resistirse. No es avaricioso, se ofrece al público y le brinda libertad a montones.

Este señor “narizrojo” no se calla ni una. ¿Y por qué debería? ¿Acaso tienen algún sentido quedar bien para alguien con el valor de mostrar todo lo que siente? Sin embargo, no es un sedicioso, es un ser muy respetuoso. De hecho, su objetivo no es reventar las reglas sociales, éstas simplemente se caen a sus pies, como si no las hubieran inventado nunca, porque el humorismo le convierte en un campeón del pensamiento divergente. No está dispuesto a encajonar su corazón enorme en el que cabe toda emoción.

Tampoco es cierto que a este tipo las cosas le salgan mal, simplemente le salen diferentes. Transita de fracaso en fracaso y a todo se enfrenta con el entusiasmo de quien no se juzga, así sale airoso, por muy grande que sea el lío en que se ha metido. Nos relajamos viéndolo y, si observamos con atención, nos percatamos de nuestra autoexigencia. Con un poco de suerte incluso se nos queda su técnica: transforma creativamente los errores en puro éxito, sin esconderlos, sino enseñándolos abiertamente. Con su aplastante lógica payasa, nos cura haciendo un guiño a las dificultades cotidianas, ¡y estamos en paz!

Por no pretender, ni pretende hacernos reír, pero lo consigue a la perfección. Suscita la risa por su inocencia, vulnerabilidad, por nadar siempre en la dirección opuesta, por revelar la imperfección. ¿Puede ser que riéndonos tanto de él, nos estemos riendo también de nosotros? ¿Tal vez nos estemos dando cuenta de que no somos perfectos? Es una lección de humildad, una herramienta para mirarnos por dentro y admirar la belleza de lo destartalado, de lo incoherente y absurdo que llevamos bajo nuestras respetables apariencias. Nos salva de la impostura con una risa de las bonachonas.

Hace tiempo nos hablaron de los peligros que supone abrir nuestro lado más tierno, confiar, expresar el deseo de ser amados. Puede que esto sea realmente arriesgado, no lo niego, aunque parece ser que no es mortal, ya que el clown goza de una óptima salud. De nuevo, me surge la duda de que habrá que revisar algunas creencias. Igual si aceptamos y sabemos mostrar nuestra propia fragilidad, no habrá tanto que temer en el contacto con los demás. Con su mirada directa al público insinúa la idea que nos podemos dejar querer, y quererle a él, ¡claro!

Observado desde su universo, nuestro esfuerzo para permanecer a la altura de la imagen ficticia con la que nos presentamos adquiere algo de ridículo. Se cambian los papeles: ahora somos nosotros los bufones. No obstante, el clown nos avisa sin herirnos, nos ánima a que disfrutemos del espectáculo de nuestros intentos vanos, quitándonos de encima lo superfluo y quedándonos con lo genuino, que late en el fondo. Este especial “estado de gracia” que es la actitud payasa, nos permite mirarnos con toda la seriedad del mundo, sin tomarnos nada en serio, asumir riesgos, atrevernos a jugar, aceptar el gran desafío de ser clown, por lo menos de vez en cuando.

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