Acerca de la ternura: la necesidad innata de amor

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En el amor había algo más que sólo recompensa y castigo; había algo innato y beneficioso por sí mismo en la preferencia de un bebé por una madre cálida y suave. Harry Harlow

En los años 50 del siglo pasado Harry Harlow trataba de estudiar cómo se producía el apego en los monos rhesus. El diseño experimental con que llevó a cabo sus experimentos fue substituir a la madre natural de las crías de mono por una “madre substituta” construida en dos versiones, una madre de felpa suave y cálida incapaz de proporcionar alimento, y una madre de alambre con un biberón insertado. Cuando las crías eran separadas de sus madres de felpa para llevarlas a otra jaula mostraban signos claros de ansiedad y cuando regresaban a la jaula dónde estaba su madre de felpa se apegaban a ella de nuevo y permanecían inmóviles a su lado sin separarse. Pasaban todo el tiempo junto a sus madres de felpa y sólo se acercaban a la madre de alambre para alimentarse. Encontró que cuando las crías se encontraban en un entorno estresante como un nuevo hábitat usaban a la madre de felpa como base que les daba seguridad para poder explorar su entorno. Cuando se introducía a los monos que sólo habían sido criados con la madre de alambre en un nuevo entorno éstos se quedaban aterrorizados y eran completamente incapaces de explorar.

Hasta el momento en que Harlow publicó el resultado de sus estudios las dos corrientes mayoritarias en psicología de aquel momento (psicoanalistas y conductistas) habían postulado que el apego del niño con la madre es producto únicamente de la satisfacción de la necesidad biológica de alimentarse. Simplemente, nadie se había planteado que la ternura era un componente indispensable para un desarrollo psicológico sano en los niños.

En paralelo a los estudios de Harlow, los trabajos de Bowlby y Winnicott  sobre el apego y la maternidad tuvieron un influjo cultural tan importante que en parte pueden considerarse responsables de que nuestra concepción sobre la infancia sea más respetuosa con las necesidades emocionales de los niños. Gracias a eso, hoy en día hablar acerca de la necesidad de ternura en los niños no resulta provocador para nadie.

Sin embargo, ¿qué pasa con la necesidad de ternura de los adultos? A veces parece que nos olvidamos de ella. La ternura necesita de nuestro tiempo y nuestra presencia. Sin embargo, ambas cosas son bienes escasos en nuestra vida de adultos. Por un lado el tiempo, es algo casi imposible en una sociedad rápida y mercantilizada como la nuestra. En el ámbito laboral nadie espera ser tratado con ternura, a veces ni siquiera con amabilidad. Aceptamos ser tratados como medios para un fin, se espera de nosotros que seamos productivos y que además lo seamos con celeridad. En el ámbito personal la presencia, en el sentido de ser capaz de mostrarse uno tal cual es y ofrecerse por completo al otro, nos parece casi una amenaza. Tememos estar presentes porque la presencia nos pone en contacto con nuestro mundo interno, con nuestro dolor y nuestro miedo. Así aprendemos a tener relaciones sexualizadas, donde no hay contacto ni presencia auténticos. De nuevo, la relación con el otro no es sino un medio para un fin.

¿A qué tenemos tanto miedo? En un extremo del espectro, tememos sentirnos invadidos. Nos convertimos en personas que viven defendiéndose del amor porque tienen miedo de fundirse con el otro, de volver a ser ese niño sensible y dependiente que fácilmente puede ser dañado. En el otro, en la relación con el otro podemos reaccionar como si algo nos faltara siempre y vivir todo el tiempo pendientes de esa caricia, de esa aprobación del otro que aunque debería llenarnos parece que nunca es suficiente, siempre necesitamos más y terminamos perdiéndonos a nosotros mismos en ese anhelo que nunca termina. Al fin y al cabo, la dependencia y la contradependencia son dos caras de la misma moneda, dos formas de pseudorelación en que no existe un contacto real.

Vivimos y morimos solos en el sentido que somos los únicos espectadores de nuestro mundo interno, sólo nosotros conocemos la idiosincrasia de nuestras sensaciones, emociones y pensamientos. En un mundo así, el único idioma posible es la ternura. Sólo a través de la intimidad y el contacto podremos tender puentes, tocar y ser tocados, abrirnos a lo más delicado en nosotros y en los demás para hacer posible el encuentro.

 

Disclaimer: El trato que recibieron los animales en los estudios de Harlow fue y sigue siendo aún más en la actualidad muy polémico. Ni apruebo la experimentación animal ni considero que un estudio así pueda replicarse actualmente. Sin embargo, creo que deben comprenderse las cosas en el espíritu del momento, tal como comento en el artículo antes de los estudios de Harlow nadie se había planteado que los niños necesitaran ser tratados con cariño, desde esa perspectiva no es extraño que tampoco importarán mucho el amor y el respeto por los animales.  A pesar de todo esto, su trabajo (junto con el de Bowlby y Winnicott) fue el punto de partida para que la comprensión de un modo de crianza más tierno y más respetuoso con las necesidades del niño.
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