Límites: La agresividad positiva

20140430Limits

Hace tres meses que Luisa se ha mudado a un piso nuevo. Al principio le pareció que tendrían una buena relación con su compañero de piso, pero poco a poco fue notando detalles que la irritaban. Cosas como la costumbre de dejar los platos en el fregadero hasta que se llenaba o no limpiar nunca el plato de la ducha después de ducharse. Luisa prefería esperar a que saliera el tema para comentárselo porque aparentemente seguían teniendo una buena relación y a ella le daba miedo estropear la convivencia si era demasiado abrupta. Una noche llegó tarde a casa y su compañero de piso estaba durmiendo. Ella no había cenado y cuando entró en la cocina para preparar algo rápido encontró una mancha de salsa en el suelo. Estaba cansada y le enfadó mucho tener que buscar el cubo y la fregona para limpiar algo que otro había ensuciado. De repente oyó que su compañero de piso venía dando zancadas por el pasillo, probablemente había hecho algo de ruido y le había despertado.

– ¡Estaba durmiendo, joder! ¿No sabes lo que es el respeto cuando vives con alguien?

– ¿Cómo te atreves a hablarme de respeto?

Estaba tan enfadada que cogió la fregona y la lanzó contra él con tan mala suerte que le dio en la cara y le hizo una pequeña herida en un labio. Cuando vio lo que había pasado, Luisa se sintió culpable y asustada de su reacción. Le pidió disculpas, pero después de aquello la relación con su compañero de piso ya no pudo recuperarse.

Nos da miedo enfadarnos. Nos asusta nuestra rabia porque, con razón, la identificamos con una emoción destructiva, capaz de dañarnos a nosotros y a las personas que tenemos a nuestro alrededor. Según como leamos la historia podemos entender que es la incapacidad de Luisa para controlar su rabia la que acaba destruyendo la relación con su compañero de piso.

En mi opinión esto no es así. La rabia no es sino el producto de una serie de enfados no atendidos. Cada pequeño enfado que dejamos pasar se va sumando a nuestra frustración hasta que no podemos más. Los enfados son necesarios porque nos permiten poner límites a los demás. Necesitamos los límites porque no podemos esperar que los demás se hagan responsables de nuestro confort, nadie tiene porque saber de antemano qué necesitamos o qué nos molesta.

Nuestro enfado, igual que cualquier otra emoción, raramente desaparece si no le hacemos caso. Generalmente, las emociones no atendidas encuentran cursos más retorcidos y más dolorosos para expresarse. En el caso del enfado estas vías alternativas de expresión son:

  1. La olla a presión: Tal como le pasa a Luisa los enfados pueden acumularse y transformarse en rabia que termina explotando ante cualquier detonante. A diferencia del enfado, la rabia sí puede llegar a ser peligrosa para nosotros y para nuestras relaciones.

  2. Tirar la piedra y esconder la mano: No expresamos abiertamente nuestro enfado, pero buscamos formas inconscientes y menos claras de expresión que confunden a las personas a nuestro alrededor y envenenan poco a poco nuestras relaciones.

  3. Revertir el enfado contra uno mismo: Me refiero a conductas como por ejemplo tensar los músculos de la mandíbula hasta provocarnos un dolor de cabeza, hacer una úlcera de estómago con el tiempo o terminar con sentimientos recurrentes de culpa y tristeza que desembocan en una depresión. Parecen tipos de respuesta muy diferentes pero no lo son tanto, cuando tenemos una vivencia demasiado amenazante de nuestra rabia y no encontramos vías alternativas de expresión generalmente la tensión acumulada termina haciendo estragos en nosotros provocándonos todo tipo de síntomas somáticos y psicológicos.

Nos asusta enfadarnos porque tenemos miedo de perder el control. Como sucede a menudo, reprimir un enfado pequeño por miedo a “pasarnos” sólo conduce a lo que intentamos evitar: a que la rabia sea incontrolable. Cuando hemos reprimido muchos de nuestros enojos, nuestra mente genera imágenes y pensamientos que nos asustan. Es normal que nos imaginemos haciendo daño a la persona que nos enfada, que digamos cosas como “lo mataría”. Esa es sólo la forma que tiene nuestra mente de dar salida a nuestra rabia a través de la fantasía, no significa que seamos capaces de hacer nada parecido. Sin embargo, esas imágenes y pensamientos a menudo nos asustan y contribuyen a que intentemos reprimir aún más nuestro enfado.

Gestionar la rabia es no tener miedo de mostrar nuestro enojo, es hablar de las cosas que nos enfadan antes de que el enfado termine convirtiéndose en rabia y nos haga daño.

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